Vengo a confesar que, sin notarlo, estoy perdiendo
cosas que luego descubro que son necesarias para recuperar recuerdos, describir
imágenes o atrapar sentimientos. Y no, no se trata del ausentarse de objetos,
ideas o personas, sino del alejarse de la capacidad para describirlos
íntegramente, al ver que las palabras necesarias, cansadas de permanecer
arrumbadas, decidieron esfumarse.
Se van y las extraño, al rebuscarlas para cortejarlas,
rumiarlas, extraer su savia, exprimirlas, obtener sus colores y matizar con ellos
las oraciones contenedoras de ideas y angustias. Las añoro para vestirme de
ellas y esconder la simpleza de mi pensamiento. Las convoco para usarlas como
catapulta y asestar certeras pedradas a enemigos imaginarios.
Las necesito para protegerme del frío durante la noche
y ocultarme de fantasmas y demonios, arrebujado entre sábanas, esperando que el
sopor se haga modorra y que esta se vuelva sueño profundo. Las necesito para
procurarme sombra entre los arbolados de la ciudad, caminar bajo la garúa o
resguardarme bajo algún techo de zinc mientras se aleja la lluvia.
Sin las palabras olvidadas, se me hace imposible
justificar por qué los cajones están rebozados de artilugios inútiles y por qué
las alacenas están llenas de cachivaches y trastos que se negaron a ser basura,
recordándome que esperan que les encuentre un buen uso o la ocasión de
convertirse en el regalo que los traslade a repletar la alacena de algún
pariente.
Sin el sabor de las palabras viejas, los insultos se
vuelven insulsos. Pronunciarlos deja de alarmar a quien los escucha. Su
intención se hace vulgar por repetida y simplona, perdiendo su valor procaz y
colorido. Los insultos anodinos carecen del filo que necesito para zaherir
maledicentes, zanjar disputas y deshacer entuertos. Sin las palabras antiguas,
soy incapaz de soltar un “atembado” a bocajarro, deshilachando la vestidura del
despistado de turno o de investir de “metiche” a la vecina curiosa; menos,
dispararle un “esperpento” bien vocalizado al remedo de poeta elegante que se
da de labioso orador o profeta de infortunios.
Sin las palabras que me olvidan, soy incapaz de
escribir con condumio; por eso, reconozco en ellas el tamiz que filtra mi ira, mi
alegría o mis lágrimas para convertirlas o en silencio o en alharaca. En las
palabras encuentro el mecanismo que valida mi habitar el mundo, me permite disfrutar
el nombrarlo y me facilita el reconocer su complejidad. Defenderlas es
pronunciarlas en voz baja o gritarlas, colocarlas en el sitio correcto al
escribirlas y, hechas oraciones, publicarlas en el momento en que necesito
compartirlas, tal y como sucede hoy.
Es por eso que me resisto a dejarlas ir del todo.
