Los pendejos se consideran seres
especiales y se creen beneficiarios de alguna condición que los hace únicos,
omitiendo, en su ceguera colectiva, que su única cualidad es
que son tantos que parecen invisibles.
Los pendejos son diversos; los
hay de todo tipo y para todos los gustos. Su pendejez abarca un espectro
casi infinito que va de los pendejos ingenuos hasta los
pendejos vivísimos. De los primeros se aprovechan los segundos, pero los
ingenuos disfrutan ser presa de los vivísimos. Tanto que cuentan lo que les
pasa, convirtiendo las chanzas en anécdotas divertidas y las barrabasadas en
sentencias moralizantes de fábulas sobre el desatino.
Al hablar, los pendejos se
delatan por el uso excesivo de la primera persona del singular —yo esto, yo
aquello, yo lo otro, se les escucha decir—. La suya es la última palabra y no
están dispuestos a aceptar lo contrario; se frustran cuando los hechos los
contradicen. Inventan pretextos cuando se equivocan y sufren desvaríos cuando
su genialidad fracasa con estridencia. El pendejo es dueño de la verdad y sanseacabó.
El
pendejo se mimetiza con el ambiente, imita la vestimenta del grupo al que quiere
pertenecer, sin descubrir que ese grupo está lleno de otros pendejos intentando
parecerse a él. En su pendejez, es espejo de los amaneramientos y hasta de la
forma de comportarse de quienes admira en secreto. El pendejo es progre entre
los progres y el más feroz conservador entre los conservadores.
Necesita
protagonismo,
arma tarima y hace discursos. Cuando puede, se apropia de los logros de otros
pendejos; cuando no, se convierte en el personaje central de los desaguisados o
aciertos que provocaron esos logros, buscando aprobación sin dejar de
autoproclamarse singular e irrepetible.
Aunque existen pendejos
solitarios, principalmente el pendejo es parte de una manada; de otra manera,
¿cómo se explicarían las decisiones colectivas como la elección de autoridades,
el fanatismo deportivo, la pugna política o el temor religioso? El
pendejo es autoridad y es pueblo, es empresario y es obrero, es
santo y es pecador; es salvador y es salvado.
La
pendejez es faro.
No depende de sexo ni género: ¡no son pocas las pendejas! La pendejez es
hereditaria, aparece con el nacimiento y no se cura con la edad. Pendejos hay
de todas las edades, nacionalidades y niveles educativos; incluso hay pendejos
ilustrados, tantos que no se necesita de un doctorado para ser considerado un Pendejo
Honoris Causa.
Hay pendejos de alma negra y
pendejos buena gente; los hay avergonzados y orgullosos de serlo. Hay pendejos
de abolengo y también pobres pendejos. Los hay intermitentes
y otros que son absoluta, total y permanentemente pendejos. Por último, los hay
con iniciativa y pendejos «cárgame las puertas»; de los primeros, «sálvanos,
Señor»; de los segundos, «líbranos del mal, amén».
En definitiva, ser pendejo
es tan natural que nadie está libre de serlo; lo difícil no es encontrar
uno, sino estar seguro de no serlo.
