Las extraño y rebusco para cortejarlas entre los párrafos contenedores de mis ideas y angustias, ¿Cómo no añorarlas, si me protegen del frío y ahuyentan mis demonios mientras, arrebujado entre cobijas, espero que el sopor se haga modorra y esta se convierta en sueño profundo?
Sin ellas, no podría justificar tantos cajones rebozados de artilugios inútiles y me vería obligado a vaciar la alacena, donde cachivaches y trastos se niegan a convertirse en basura, recordándome que están esperando un buen uso o la ocasión de convertirse en el regalo que replete la alacena de algún amigo o pariente.
Al irse, las palabras volvieron insulsos el insulto, que suena simplón en lugar de procaz y colorido. Sin el filo necesario para zaherir maledicentes, resolver disputas o deshacer entuertos, soy incapaz de soltar un “atembado” a bocajarro a cualquier despistado que encuentre o de revestir de “metiche” a algún vecino curioso; menos, dispararle un “esperpento” bien vocalizado al remedo de poeta elegante.
Reconozco en las palabras el tamiz en el que se convierte en alharaca la ira, la alegría o las lágrimas. En ellas aparece el mecanismo que me permite habitar el mundo, nombrarlo sin prisa y reconocer su sofisticación. Defenderlas es pronunciarlas en voz baja o gritarlas, ubicándolas en el sitio correcto para escribirlas y publicarlas en el momento en que necesiten ser compartidas.
Tal vez por eso me resisto a dejarlas ir del todo.

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