lunes, 3 de agosto de 2026

De Tirano de Cantina a Criptodictador: los apodos que marcaron la política ecuatoriana

El apodo, ese sustantivo que adjetiva y causa incomodidad a quien lo recibe, o que termina convertido en parte de la identidad de la persona cuando la acepta y promueve como suya, ha sido utilizado como arma arrojadiza en la contienda política de nuestra "banana república", llegando a ser más eficaz y longevo que los argumentos con los que lo acompañan quienes lo esgrimen.

El último en aparecer ha provocado largas e inútiles discusiones en redes sociales: que si describe bien al actual presidente; que por qué le comparan con el otro, el innombrable; que el que vive en Bélgica sí era y el de Santa Elena no. En fin, efecto de un apodo certero, oportuno y de la falta de ocupación de los comentaristas de redes, entre los que me incluyo.

Sin entrar a analizar la razón de las declaraciones del expresidente Hurtado ni opinar sobre la certeza de la descripción, debo reconocer mérito en la sonoridad, la simplificación de la palabra y en su oportunidad (cae cuando nadie la veía venir), además de encontrar las asociaciones que permite el apodo escogido: criptodictador. Término que describe a un dictador en ciernes, solapado o parapetado detrás del aspecto de "hombre bueno", que también le dijo. Detrás de la palabra, escondida incluso de quien la lanzó, veo más. Si tomamos únicamente el elemento compositivo (ese es el nombre técnico del prefijo cripto-) y le cambiamos unas letras, podemos convertirlo en Krypto, que suena igual, pero identifica al perro de Superman, es decir, a la mascota del Big Boy salvador del planeta, heroe de las aventuras gringas.

Adjetivar con un sustantivo al presidente no es novedoso; antes se hizo con igual o mayor impacto. Incluso algunos se autocalificaron, marcando su identidad o escondiendo sus defectos. Mencionaré unos cuantos, pues ese y no otro es el objetivo de esta entrada.

Lucio Gutiérrez, o "el Lucio", se autocalificó como Dictócrata, término que sus contradictores adoptaron con entusiasmo y a quienes él terminó llamando Forajidos, en un intercambio democrático de gentilezas que terminó con la caída del coronel-ingeniero.

Correa tomó para sí la palabra kichwa Mashi, término que alude de manera respetuosa a un compañero, a un igual; otros le han tildado como el Loco del Ático, Rafico o el Prófugo. Uno de sus apodos, que no trascendió, a mí me gustaba mucho: "Hulk, por verde y cabreado" (lo decían así, completo). Su ministro, el hoy señalado José Serrano o el Pepé, era conocido como Tarzán de Bonsái. Su vicepresidente, convertido en presidente, Lenín Moreno terminó siendo el Cuántico o el Ruedas.

Febres Cordero llamó a Rodrigo Borja como Nariz de Tiza de Sastre, mientras que el cómico Michelena le decía Hombre Rana, Guishi Guishi por su afición de aparecer como piloto de avión, buzo, etc. Insolente Recadero de la Oligarquía —o de Luis Noboa Naranjo— fue el que Jaime Roldós le dedicó a Febres Cordero. León también recibió otro, el de Llorón de Taura, como le llamó Jaime "el Chamo" Guevara.

Para Juan León Mera, Ignacio de Veintemilla era el Caín, el Tirano de Cantina, mientras que Montalvo, por su parte, lo bautizó como Ignacio de la Cuchilla y Alma de Puerco. El mismo Montalvo llamó a García Moreno Verdugo con Sotana y el Gran Tirano. Más tarde, Benjamín Carrión lo tituló como el Santo del Patíbulo. A su vez, el expresidente le devolvió a Montalvo la cortesía con los nombres de Zambo y Cojo, con los que también se conoce al polemista ambateño.

A Bucaram lo tildaron de loco y el iracundo lo convirtió en el Loco que Ama. A su tío Assad le decían Don Buca y él, demostrando que la animosidad también puede ser recíproca, señaló a sus enemigos como Chuchumecos, linda palabra, por cierto.

Julio César Trujillo era llamado Gallo Hervido; Velasco Ibarra, el Profeta, el Gran Ausente y el Perpetuo Exiliado; Rodríguez Lara fue siempre el Bombita. Jaime Nebot es el Bigotón; Guillermo Lasso, el Banquero; Galo Plaza Lasso fue el Patrón Galito; Plaza Gutiérrez, el General de las Derrotas; Andrés Córdova Nieto, el Lluro Córdova; Arroyo del Río, el Niño Bonito. Por su parte, el presidente Arosemena Monroy era conocido como Carlos "Jumo" o Caballo Blanco (White Horse) por su afición a la bebida: vicio de hombre, como él decía.

Sixto Durán Ballén, el de la hora sixtina, fue parodiado como el Abuelo de la Patria. Mientras que, Jaime Roldós era el Cachorro de Don Buca, su tío político, a quien reemplazó en la papeleta del CFP durante la elección en la que el pueblo decía: "Roldós presidente, Don Buca al poder". Su binomio, Oswaldo Hurtado, el de la sucretización y la famosa frase de que no comía arvejas porque estaban caras, hoy es llamado cadáver sumergido en formol por el presidente Noboa, pero antes fue conocido como el Cura o el Monaguillo.

El excandidato Arauz no fue el primer hermano Lelo, mote que le valió su enorme parecido con el personaje de Enrique Cuenca en Los Polivoces. El primero fue León Roldós, como una afirmación popular de que se trataba del hermano menos inteligente del expresidente Jaime Roldós Aguilera. Un caso particular es el de Isidro Ayora, que vio su apellido convertido en el apodo de nuestras viejas monedas: a la de un sucre se la conocía como Ayora y a las de cincuenta centavos como lauritas, el nombre de su esposa, Laura Carbo.

Al final, quizá los apodos sean la forma más popular de rendición de cuentas. Una palabra basta para resumir un carácter, una época y, con algo de suerte, un gobierno entero. Los discursos se olvidan, los planes de desarrollo caducan, las promesas se archivan y las obras cambian de nombre; el apodo, en cambio, sobrevive, se instala en la memoria popular y termina haciendo lo que rara vez consiguen los historiadores, dejar a cada ilustre personaje en el sitio que se ganó. Así que no se preocupen demasiado por el apodo que les han impuesto y preocupénse más, en que no termine convertido en la descripción oficial de la gestión que realizan.

 

lunes, 13 de julio de 2026

Los Tres Juanes de Ambato: patrimonio sin lectores

Convocado por la curiosidad, en días pasados asistí a una charla sobre la vida de Juan Benigno Vela en su casa museo en Ambato. Ahora quiero compartir algunas reflexiones, no de la charla; más bien, aquellas que han surgido luego de algunas lecturas, consultas y visitas a las bibliotecas y museos de la ciudad. Las colocaré como premisas en espera de corolario.

Primera premisa.– Ambato conserva la figura de los Juanes como elementos estáticos, como si Montalvo siempre hubiera sido candela y polémica, enemigo furibundo de Mera y su contradictor ideológico; como si Mera jamás hubiera abrigado ideales propios del liberalismo o como si debiéramos recordarlo solo por su obra literaria y no por su influencia en la construcción de la naciente República; como si Vela hubiera sido escritor antes que político o que debiéramos recuperar su obra sin detenernos en escudriñar su pensamiento.

La verdad es que Montalvo le escribió al amor antes que a la causa y, según dicen sus biógrafos, fue amigo de Mera y su familia; en momentos se enfrentaron y en otros se mantuvieron amigados. A Juan León, García Moreno lo conoció como un joven liberal y católico, antes de madurar su pensamiento. Vela, el más joven, fue político antes que escritor e institucionalista más que revolucionario. Los tres compartieron enemigos comunes; los tres tuvieron peso en la vida política e intelectual del imberbe Ecuador.

Segunda premisa.– Los homenajes, expresados en fechas conmemorativas como el Día del Maestro; en títulos adjetivos de su ciudad natal al llamarla la ciudad de los Tres Juanes; colocar sus nombres en calles y parques o resguardar sus casas patrimoniales, han servido para mantener su nombre vigente, pero no han sido efectivos, a excepción de Montalvo, en mantener su pensamiento y su obra cercanos a quienes deseen conocerlos o estudiarlos. Prueba de ello es la ausencia de sus publicaciones completas en las bibliotecas de la ciudad.

Más allá de saberlo, nadie asocia la fecha escogida para conmemorar el Día del Maestro con la del nacimiento de Montalvo; pocos de los fervorosos hinchas que a voz en cuello entonaron el Himno Nacional durante los partidos de la selección de fútbol entenderán por qué Mera colocó esos y no otros versos en su letra; copia de los de Olmedo, dirán algunos despistados. El caso más grave es el de Juan Benigno Vela, carente de biógrafos, de compiladores de su obra y de analistas de su pensamiento e influencia.

Tercera premisa.– Lo que pasa con los Juanes, de forma ingrata, se acentúa con otros hombres y mujeres de letras, intelecto e influencia. Basta con citar nombres como Alfonso Barrera Valverde, Jorge Enrique Adoum, Pedro Porras Garcés, Alfonso Moscoso, Blanca Martínez Mera, María Natalia Vaca, Raquel Verdesoto, Gustavo Eguez Villacrés, Fausto Palacios y un larguísimo etcétera de olvidados.

A manera de conclusión.– Ambato ha decidido, por inacción, invisibilizar a sus intelectuales, pretendiendo que conservar sus casas o rotular sus parques y sus calles es suficiente, olvidando que mantener vivo el pensamiento requiere de la permanente circulación de sus obras.

Ya habrá tiempo para más conclusiones; no son objeto de este post y, como pueden ver, el corolario queda también por escribirse, y dejarlo abierto responde a la urgencia de provocar uno por cada lector de este texto. Ojalá sea así. Los leo en los comentarios.

 

sábado, 25 de abril de 2026

El empleo en Ecuador: cómo leer más allá del reporte del INEC


A partir de esta nota periodística de Ecuavisa y mi participación en ella, quiero compartirles algunos criterios sobre cómo analizar los reportes del INEC y la manera en que me gusta construir la narrativa para su divulgación. Lo cual ahora es un tanto vintage porque hace un año que estoy fuera del Instituto.

Lo primero es entender que el tamaño de las poblaciones no es constante, que crecen y evolucionan sus grupos de edades. De hecho, el propio reporte de marzo de 2026 señala un incremento anual (de marzo de 2025 a marzo de 2026) de algo más de 180 mil personas en edad de trabajar, las que se reparten entre quienes buscan un empleo (activos) y quienes deciden no hacerlo (inactivos). Ahí el primer hallazgo: si bien se incrementa el tamaño de la Población en Edad de Trabajar (PET), la Población Económicamente Activa (PEA) disminuye en cerca de 10 mil personas, seguramente porque la mayoría de los nuevos ingresos decidió no buscar un empleo o porque quienes se encontraban en la PEA se cansaron de hacerlo.

Lo siguiente es reconocer que la mayor parte de la PEA se encuentra ocupada (97,1%), lo cual no sorprende, pues es un comportamiento habitual. De esta población, las principales categorías de análisis (empleo adecuado, subempleo y desempleo) se mantienen sin alteración estadística, siempre según lo que señala el reporte. Es decir, en estas categorías no ha pasado nada durante un año y esa estabilidad, en realidad, es la mala noticia que analistas y responsables de la política laboral se niegan a ver.

La novedad de este mes (siempre hay una) es que existe una categoría que sí presenta variaciones estadísticas. Se trata del otro empleo no pleno, compuesto por personas ocupadas que reciben ingresos laborales menores al salario mínimo o cuya jornada laboral es menor a las 40 horas semanales y, además, no desean trabajar más horas, quizás porque cumplen jornadas extendidas recibiendo ingresos bajos o porque requieren de tiempo para otras actividades, como estudiar o cuidar de familiares, por citar dos ejemplos.

En marzo de 2026, la categoría otro empleo no pleno se incrementa en 5,1 puntos porcentuales, incorporando algo más de 400 mil personas a su tamaño registrado en marzo de 2025. Es decir, son 400 mil personas las que han visto desmejorar sus condiciones laborales o que, al ser de nuevo ingreso, no han logrado acceder a un empleo de buena calidad o son miembros que los hogares han enviado a buscar un empleo que les signifique los ingresos que les hacen falta para sostener sus presupuestos familiares.

En conclusión, el empleo en el Ecuador no presenta mayores novedades, pues sigue adoleciendo de los mismos problemas: baja calidad (subempleo y otro empleo no pleno), alta informalidad, deterioro de los ingresos laborales y, ahora, una dinámica que no le permite satisfacer la demanda que exige el crecimiento de la población en edad de trabajar.

Mi post debería terminar aquí; sin embargo, tiene un corolario dirigido a investigadores y especialistas: la posibilidad cierta de que la encuesta esté presentando saltos o variaciones que no provienen del fenómeno (empleo–desempleo), sino que se originan en el desgaste del instrumento de medición y, ahí, en necesario que el INEC explique el estado de los marcos metodológico y de muestreo y cómo avanza su actualización, que fue programada luego del último censo de población.


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El Empleo en el Ecuador, Cuatro Novedades y Una Alerta

viernes, 10 de abril de 2026

Se me están yendo las palabras


Vengo a confesar...

Sin notarlo, estoy perdiendo cosas que luego descubro que son necesarias para recuperar recuerdos, describir imágenes o atrapar sentimientos. Y no, no se trata del ausentarse de objetos, ideas o personas, sino del alejarse de la capacidad para describirlos íntegramente, al ver que las palabras necesarias, cansadas de permanecer arrumbadas, deciden esfumarse.

Se van y al comprenderlo las extraño más, entonces las rebusco para cortejarlas, rumiarlas, extraerles su savia, exprimirlas hasta obtener sus colores y matizar con ellos las oraciones contenedoras de ideas y angustias. Las añoro para vestirme de ellas y esconder la simpleza de mi pensamiento. Las convoco para usarlas como catapulta y asestar certeras pedradas a enemigos imaginarios.

Las necesito para protegerme del frío durante la noche y ocultarme de fantasmas y demonios, arrebujado entre las sábanas, esperando que el sopor se haga modorra y que esta se vuelva sueño profundo. Las necesito para procurarme sombra entre los arbolados de ciudades desconocidas, caminar bajo la garúa o resguardarme en algún techo de zinc mientras se aleja la llovizna.

Sin las palabras antiguas, se me hace imposible justificar por qué los cajones están rebozados de artilugios inútiles y por qué las alacenas están llenas de cachivaches y trastos que se negaron a ser basura, recordándome que debo encontrarles un nuevo uso o la ocasión de convertirse en el regalo que los traslade a repletar la alacena de algún pariente o amigo.

Sin el dulzor de las palabras viejas, los insultos son insulsos. Pronunciarlos deja de alarmar, su intención se torna vulgar, por repetida y simplona, hasta devaluar su valor procaz y colorido. Los insultos anodinos carecen del filo que corta, el que se necesita para zaherir maledicentes, zanjar disputas y deshacer entuertos. Sin las palabras antiguas, soy incapaz de soltar un “atembado” a bocajarro, deshilachando la vestidura de pulcro al despistado de turno o de investir de “metiche” a la vecina curiosa; y menos, mucho menos, dispararle un “esperpento” bien vocalizado al remedo de poeta elegante que se presenta como labioso orador y profeta de infortunios en la Asamblea.

Sin las palabras que se me olvidan, soy incapaz de escribir con condumio; por eso, reconozco en ellas el tamiz que filtra mi ira, mi alegría o mis lágrimas convertidas en silencio o en alharaca. En las palabras que olvido se va el mecanismo que valida mi habitar el mundo, que me permite disfrutar el nombrarlo y me facilita el reconocer su complejidad.

Defender las palabras es pronunciarlas en voz baja o gritandolas, ubicarlas en el sitio correcto al escribirlas y, convertidas en oraciones, publicarlas en el momento en que me urge compartirlas, tal y como sucede hoy.

Es por eso que me resisto a dejarlas ir del todo.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Ecuador, territorio en disputa

Un Ecuador tomado por la violencia habría parecido una idea descabellada hace apenas unos años. Tal vez porque, mientras nos entreteníamos en otros debates, los grupos de delincuencia organizada se consolidaban silenciosamente en cárceles y barrios marginados. En otros espacios, en aquellos que solemos llamar “aniñados”, siempre supimos que la corrupción se gestaba bajo el disfraz de la llamada viveza criolla o la ley del más vivo.

Hoy, ambos fenómenos se han convertido en verdaderos cánceres que, actuando de forma simbiótica, han capturado amplios segmentos del Estado y se reproducen en las cortes e incluso en cada fiscalización que realiza la Asamblea, donde, como sucedía en las viejas radionovelas, los honorables se cambian de traje para trasmutar de denunciado a denunciador.

Entre las múltiples huellas que deja la violencia, una de las más persistentes y difíciles de borrar es el homicidio intencional (homicidio, asesinato, femicidio y sicariato). Su evolución permite observar no solo el aumento de la violencia, sino también su distribución territorial y las zonas donde se concentran las disputas criminales. Y no, este indicador no refleja únicamente enfrentamientos entre bandidos, como algún ministro pretende hacernos creer en entrevistas y Tik Tok. De la misma forma, las masacres carcelarias no fueron simples disputas internas de poder, sino el anuncio público de que las organizaciones criminales fortalecían su control de los mercados ilícitos y ampliaban su presencia en espacios políticos y de gestión del Estado, para garantizarse impunidad.

Si se analizan los homicidios registrados durante la última década (2016–2025), se observa que las provincias de la costa concentran la mayor proporción de estos hechos. En conjunto, estos territorios conforman el andamiaje funcional del crimen organizado en el país: espacios que operan como nodos logísticos, financieros y portuarios; zonas de producción, tránsito y disputa; corredores internos y binacionales; y áreas fronterizas permeables a dinámicas criminales transnacionales.

*Gris: total de homicidios 2016–2025. Rosado: homicidios registrados en 2025.

Si bien una sola provincia, Guayas, concentra el 44,55 % de los 9.216 homicidios registrados en 2025 y el 43,48 % de los 37.394 de la última década (2016-2025), el análisis por tasas revela un panorama distinto. Los Ríos aparece como la provincia más afectada, con 130,41 homicidios por cada 100.000 habitantes, seguida por El Oro (105,04), Guayas (85,75), Manabí (74,11), Orellana (64,79) y Esmeraldas (60,13). A nivel nacional, la tasa alcanza los 50,91 homicidios por cada 100.000 habitantes, casi nueve veces más alta que en 2016, cuando se situaba en 5,80.

Un primer corolario de esta tasa es que Ecuador se ubica en el rango alto de violencia letal en América Latina, muy por encima del umbral epidémico y más cercano a escenarios de disputas criminales abiertas que a contextos de delincuencia común. Este nivel lo aleja del perfil de país de tránsito y lo sitúa como territorio de disputa y asentamiento de economías ilícitas. Técnicamente, ello evidencia una pérdida sostenida de capacidad estatal; políticamente, remite a omisiones, decisiones fallidas y tolerancias acumuladas en el tiempo.


Entrada destacada

Resumen de la presentación del libro "Los Guerrero, Genealogía i Bitácora".

Ambato, viernes 22 de febrero de 2019 Teatro del Centro Cultural Eugenia Mera