El apodo, ese sustantivo que adjetiva y causa incomodidad a quien lo recibe, o que termina convertido en parte de la
identidad de la persona cuando la acepta y promueve como suya, ha sido utilizado
como arma arrojadiza en la contienda política de nuestra "banana república",
llegando a ser más eficaz y longevo que los argumentos con los que lo acompañan quienes lo esgrimen.
El último en aparecer ha provocado largas e inútiles discusiones en
redes sociales: que si describe bien al actual presidente; que por qué le
comparan con el otro, el innombrable; que el que vive en Bélgica sí era y el de Santa Elena no.
En fin, efecto de un apodo certero, oportuno y de la falta de ocupación de los
comentaristas de redes, entre los que me incluyo.
Sin entrar a analizar la razón de las declaraciones del expresidente
Hurtado ni opinar sobre la certeza de la descripción, debo reconocer mérito en
la sonoridad, la simplificación de la palabra y en su oportunidad (cae cuando
nadie la veía venir), además de encontrar las asociaciones que permite el apodo
escogido: criptodictador. Término que describe a un dictador en
ciernes, solapado o parapetado detrás del aspecto de "hombre bueno", que
también le dijo. Detrás de la palabra, escondida incluso de quien la lanzó, veo más. Si
tomamos únicamente el elemento compositivo (ese es el nombre técnico del
prefijo cripto-) y le cambiamos unas letras, podemos convertirlo en Krypto, que
suena igual, pero identifica al perro de Superman, es decir, a la mascota del
Big Boy salvador del planeta, heroe de las aventuras gringas.
Adjetivar con un sustantivo al presidente no es
novedoso; antes se hizo con igual o mayor impacto. Incluso algunos se
autocalificaron, marcando su identidad o escondiendo sus defectos. Mencionaré
unos cuantos, pues ese y no otro es el objetivo de esta entrada.
Lucio Gutiérrez, o "el Lucio", se autocalificó como Dictócrata, término
que sus contradictores adoptaron con entusiasmo y a quienes él terminó llamando
Forajidos, en un intercambio democrático de gentilezas que terminó con la caída
del coronel-ingeniero.
Correa tomó para sí la palabra kichwa Mashi, término que alude de manera respetuosa a un compañero, a un igual; otros le han tildado como el Loco del Ático, Rafico o el Prófugo. Uno de sus apodos, que no trascendió, a mí me gustaba mucho: "Hulk, por verde y cabreado" (lo decían así, completo). Su ministro, el hoy señalado José Serrano o el Pepé, era conocido como Tarzán de Bonsái. Su vicepresidente, convertido en presidente, Lenín Moreno terminó siendo el Cuántico o el Ruedas.
Febres Cordero llamó a Rodrigo Borja como Nariz de Tiza de Sastre, mientras que el cómico Michelena le decía Hombre Rana, Guishi Guishi por su afición de aparecer como piloto de avión, buzo, etc. Insolente Recadero de la Oligarquía —o de Luis Noboa Naranjo— fue el que Jaime Roldós le dedicó a Febres Cordero. León también recibió otro, el de Llorón de Taura, como le llamó Jaime "el Chamo" Guevara.
Para Juan León Mera, Ignacio de Veintemilla era el Caín, el Tirano de
Cantina, mientras que Montalvo, por su parte, lo bautizó como Ignacio de la
Cuchilla y Alma de Puerco. El mismo Montalvo llamó a García Moreno Verdugo con
Sotana y el Gran Tirano. Más tarde, Benjamín Carrión lo tituló como el Santo
del Patíbulo. A su vez, el expresidente le devolvió a Montalvo la cortesía con
los nombres de Zambo y Cojo, con los que también se conoce al polemista ambateño.
A Bucaram lo tildaron de loco y el iracundo lo convirtió en el Loco que Ama. A su
tío Assad le decían Don Buca y él, demostrando que la animosidad también puede
ser recíproca, señaló a sus enemigos como Chuchumecos, linda palabra, por
cierto.
Julio César Trujillo era llamado Gallo Hervido; Velasco Ibarra, el Profeta, el Gran Ausente y el Perpetuo Exiliado; Rodríguez Lara fue siempre el Bombita. Jaime Nebot es el Bigotón; Guillermo Lasso, el Banquero; Galo Plaza Lasso fue el Patrón Galito; Plaza Gutiérrez, el General de las Derrotas; Andrés Córdova Nieto, el Lluro Córdova; Arroyo del Río, el Niño Bonito. Por su parte, el presidente Arosemena Monroy era conocido como Carlos "Jumo" o Caballo Blanco (White Horse) por su afición a la bebida: vicio de hombre, como él decía.
Sixto Durán Ballén, el de la hora sixtina, fue parodiado como el Abuelo de la Patria. Mientras que, Jaime Roldós era el Cachorro de Don Buca, su tío político, a quien reemplazó en la papeleta del CFP durante la elección en la que el pueblo decía: "Roldós presidente, Don Buca al poder". Su binomio, Oswaldo Hurtado, el de la sucretización y la famosa frase de que no comía arvejas porque estaban caras, hoy es llamado cadáver sumergido en formol por el presidente Noboa, pero antes fue conocido como el Cura o el Monaguillo.
El excandidato Arauz no fue el primer hermano Lelo, mote que le valió su enorme parecido con el personaje de Enrique Cuenca en Los Polivoces. El primero fue León Roldós, como una afirmación popular de que se trataba del hermano menos inteligente del expresidente Jaime Roldós Aguilera. Un caso particular es el de Isidro Ayora, que vio su apellido convertido en el apodo de nuestras viejas monedas: a la de un sucre se la conocía como Ayora y a las de cincuenta centavos como lauritas, el nombre de su esposa, Laura Carbo.
Al final, quizá los apodos sean la forma más popular de rendición de
cuentas. Una palabra basta para resumir un
carácter, una época y, con algo de suerte, un gobierno entero. Los discursos se
olvidan, los planes de desarrollo caducan, las promesas se archivan y las obras
cambian de nombre; el apodo, en cambio, sobrevive, se instala en la memoria
popular y termina haciendo lo que rara vez consiguen los historiadores, dejar a
cada ilustre personaje en el sitio que se ganó. Así que no se preocupen demasiado por el apodo
que les han impuesto y preocupénse más, en que no termine convertido en la descripción oficial de la gestión que realizan.
