miércoles, 12 de agosto de 2026

Los pendejos: breve taxonomía de una especie universal

Los pendejos se consideran seres especiales y se creen beneficiarios de alguna condición que los hace únicos, omitiendo, en su ceguera colectiva, que su única cualidad es que son tantos que parecen invisibles.

Los pendejos son diversos; los hay de todo tipo y para todos los gustos. Su pendejez abarca un espectro casi infinito que va de los pendejos ingenuos hasta los pendejos vivísimos. De los primeros se aprovechan los segundos, pero los ingenuos disfrutan ser presa de los vivísimos. Tanto que cuentan lo que les pasa, convirtiendo las chanzas en anécdotas divertidas y las barrabasadas en sentencias moralizantes de fábulas sobre el desatino.

Al hablar, los pendejos se delatan por el uso excesivo de la primera persona del singular —yo esto, yo aquello, yo lo otro, se les escucha decir—. La suya es la última palabra y no están dispuestos a aceptar lo contrario; se frustran cuando los hechos los contradicen. Inventan pretextos cuando se equivocan y sufren desvaríos cuando su genialidad fracasa con estridencia. El pendejo es dueño de la verdad y sanseacabó.

El pendejo se mimetiza con el ambiente, imita la vestimenta del grupo al que quiere pertenecer, sin descubrir que ese grupo está lleno de otros pendejos intentando parecerse a él. En su pendejez, es espejo de los amaneramientos y hasta de la forma de comportarse de quienes admira en secreto. El pendejo es progre entre los progres y el más feroz conservador entre los conservadores.

Necesita protagonismo, arma tarima y hace discursos. Cuando puede, se apropia de los logros de otros pendejos; cuando no, se convierte en el personaje central de los desaguisados o aciertos que provocaron esos logros, buscando aprobación sin dejar de autoproclamarse singular e irrepetible.

Aunque existen pendejos solitarios, principalmente el pendejo es parte de una manada; de otra manera, ¿cómo se explicarían las decisiones colectivas como la elección de autoridades, el fanatismo deportivo, la pugna política o el temor religioso? El pendejo es autoridad y es pueblo, es empresario y es obrero, es santo y es pecador; es salvador y es salvado.

La pendejez es faro. No depende de sexo ni género: ¡no son pocas las pendejas! La pendejez es hereditaria, aparece con el nacimiento y no se cura con la edad. Pendejos hay de todas las edades, nacionalidades y niveles educativos; incluso hay pendejos ilustrados, tantos que no se necesita de un doctorado para ser considerado un Pendejo Honoris Causa.

Hay pendejos de alma negra y pendejos buena gente; los hay avergonzados y orgullosos de serlo. Hay pendejos de abolengo y también pobres pendejos. Los hay intermitentes y otros que son absoluta, total y permanentemente pendejos. Por último, los hay con iniciativa y pendejos «cárgame las puertas»; de los primeros, «sálvanos, Señor»; de los segundos, «líbranos del mal, amén».

En definitiva, ser pendejo es tan natural que nadie está libre de serlo; lo difícil no es encontrar uno, sino estar seguro de no serlo.


lunes, 3 de agosto de 2026

De Tirano de Cantina a Criptodictador: los apodos que marcan la política ecuatoriana

El apodo, ese sustantivo que adjetiva y causa incomodidad a quien lo recibe, o que termina convertido en parte de la identidad de la persona cuando la acepta y promueve como suya, ha sido utilizado como arma arrojadiza en la contienda política de nuestra "banana república" desde siempre, llegando a ser más eficaz y longevo que los argumentos con los que lo acompañan quienes lo esgrimen.

El último en aparecer ha provocado largas e inútiles discusiones en redes sociales: que si describe bien al actual presidente; que por qué le comparan con el otro, el innombrable; que el que vive en Bélgica sí era dictador y el de Santa Elena no. En fin, efecto de un apodo certero, oportuno y de la falta de ocupación de los comentaristas de redes, entre los que me incluyo.

Sin entrar a analizar la razón de las declaraciones del expresidente Hurtado ni opinar sobre la certeza de la descripción, debo reconocer mérito en la sonoridad, la simplificación de la palabra y en su oportunidad (cae cuando nadie la veía venir), además de encontrar las asociaciones que permite el apodo escogido: criptodictador. Término que describe a un dictador en ciernes, solapado o parapetado detrás del aspecto de "hombre bueno", caracter que también le atribuyo. Detrás de la palabra, escondida incluso de quien la lanzó, veo más. Si tomamos únicamente el elemento compositivo (ese es el nombre técnico del prefijo cripto-) y le cambiamos unas letras, podemos convertirlo en Krypto, que suena igual, pero identifica al perro de Superman, es decir, a la mascota del Big Boy norte americano, salvador del planeta, heroe de las aventuras gringas.

Adjetivar con un sustantivo al presidente no es novedoso; antes se hizo con igual o mayor impacto. Incluso algunos se autocalificaron, marcando su identidad o escondiendo sus defectos. Mencionaré unos cuantos, pues ese y no otro es el objetivo de esta entrada. Lucio Gutiérrez, o "el Lucio", se autocalificó como Dictócrata, término que sus contradictores adoptaron con entusiasmo y a quienes él terminó llamando Forajidos, en un intercambio democrático de gentilezas que terminó con la caída del coronel-ingeniero.

Correa tomó para sí la palabra kichwa Mashi, término que alude de manera respetuosa a un compañero, a un igual; otros le han tildado como el Loco del Ático, Rafico o el Prófugo. Uno de sus apodos, que no trascendió, a mí me gustaba mucho: "Hulk, por verde y cabreado" (lo decían así, con su complemento). Su ministro, el hoy señalado José Serrano o el Pepé, era conocido como Tarzán de Bonsái. Su vicepresidente, convertido en presidente, Lenín Moreno terminó siendo el Cuántico o el Ruedas.

Febres Cordero llamó a Rodrigo Borja como Nariz de Tiza de Sastre, mientras que el cómico Michelena le decía Hombre Rana, Guishi Guishi por su afición de aparecer como piloto de avión, de tanques de guerra, buzo, etc. Insolente Recadero de la Oligarquía —o de Luis Noboa Naranjo— fue el que Jaime Roldós le dedicó a Febres Cordero. León también recibió otro, el de Llorón de Taura, como le señaló Jaime "el Chamo" Guevara.

Para Juan León Mera, Ignacio de Veintemilla era el Caín, el Tirano de Cantina, mientras que Montalvo, por su parte, lo bautizó como Ignacio de la Cuchilla y Alma de Puerco. El mismo Montalvo llamó a García Moreno Verdugo con Sotana y el Gran Tirano. Más tarde, Benjamín Carrión lo tituló como el Santo del Patíbulo. A su vez, el expresidente le devolvió a Montalvo la cortesía con los nombres de Zambo y Cojo, con los que también se conoce al polemista ambateño.

A Bucaram lo tildaron de loco y él, iracundo, lo convirtió en el Loco que Ama. A su tío Assad le decían Don Buca y él, demostrando que la animosidad también puede ser recíproca, señaló a sus enemigos como Chuchumecos; linda palabra, por cierto.

Julio César Trujillo era llamado Gallo Hervido; Velasco Ibarra, el Profeta, el Gran Ausente y el Perpetuo Exiliado; Rodríguez Lara fue siempre el Bombita. Jaime Nebot es el Bigotón; Guillermo Lasso, el Banquero; Galo Plaza Lasso fue el Patrón Galito; Plaza Gutiérrez, el General de las Derrotas; Andrés Córdova Nieto, el Lluro Córdova; Arroyo del Río, el Niño Bonito. Por su parte, el presidente Arosemena Monroy era conocido como Carlos "Jumo" o Caballo Blanco (White Horse) por su afición a la bebida: vicio de hombre, como él decía.

Sixto Durán Ballén, el de la hora sixtina, fue parodiado como el Abuelo de la Patria. Mientras que, Jaime Roldós era el Cachorro de Don Buca, su tío político, a quien reemplazó en la papeleta del CFP durante la elección en la que el pueblo decía: "Roldós presidente, Don Buca al poder". Su binomio, Oswaldo Hurtado, el de la sucretización y la famosa frase de que no comía arvejas porque estaban caras, hoy es llamado cadáver sumergido en formol por el presidente Noboa, pero antes fue conocido como el Cura o el Monaguillo. Durante la crisis de entre su gobierno y el congreso, Roldos hizo a Don Buca y otros legisladores parte de los patriarcas de la componenda.

El excandidato Arauz no fue el primer hermano Lelo, mote que le valió su enorme parecido con el personaje de Enrique Cuenca en Los Polivoces. El primero fue León Roldós, como una afirmación popular de que se trataba del hermano menos inteligente del expresidente Jaime Roldós Aguilera. Un caso particular es el de Isidro Ayora, que vio su apellido convertido en el apodo de nuestras viejas monedas: a la de un sucre se la conocía como Ayora y a las de cincuenta centavos como lauritas, el nombre de su esposa, Laura Carbo.

Al final, quizá los apodos sean la forma más popular de rendición de cuentas. Una palabra basta para resumir un carácter, una época y, con algo de suerte, un gobierno entero. Los discursos se olvidan, los planes de desarrollo caducan, las promesas se archivan y las obras cambian de nombre; el apodo, en cambio, sobrevive, se instala en la memoria popular y termina haciendo lo que rara vez consiguen los historiadores, dejar a cada ilustre personaje en el sitio que se ganó. Así que no se preocupen demasiado por el apodo que les han impuesto y preocupénse más, en que no termine convertido en la descripción oficial de la gestión que realizan.

 

Entrada destacada

Resumen de la presentación del libro "Los Guerrero, Genealogía i Bitácora".

Ambato, viernes 22 de febrero de 2019 Teatro del Centro Cultural Eugenia Mera