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martes, 30 de septiembre de 2025

78041

La joven mujer es la última en abandonar el Embraer ERJ 145 que la trajo desde Houston para encontrarse con el calor árido que de inmediato siente filtrarse bajo su ropa. Reniega al sentir su piel pastosa, pero se consuela al pensar que será el último vuelo antes del que la lleve de regreso a la casa que comparte con su madre en Quito. Al salir del aereopuerto, un taxi le llevará hasta el Airbnb que rentó antes de salir de Ciudad de México.

Después de registrarse, dejar su maleta y tomar un baño para sentirse limpia otra vez, camina hacia el Starbucks que halló al revisar su teléfono móvil. Le cuesta avanzar, incluso bajo las sombras de los arbustos y de los pocos edificios que no consiguen disipar el sopor que alarga lo que debió ser un corto paseo.

El interior climatizado de la cafetería la recibe con un golpe de aire que le corta la voz por unos segundos. Al recobrarla ordena, por costumbre, un café americano.

—Grande —añade ante la pregunta que le hacen. Luego toma un billete de su cartera y paga.

Mientras espera, dos hilos de café recién filtrado caen en el vaso térmico donde la mujer que le atiende había escrito su nombre. Al recibirlo, devuelve el agitador y se queda con el vaso humeante más los veinticinco centavos que le entregan de cambio.

—¿Azúcar? —pregunta la dependiente al tiempo que retira los residuos del portafiltro de la Mastrena italiana con la que preparó la bebida.

—No, gracias —responde, luego recorre el local con la mirada hasta encontrar una mesa con dos sillas junto a la ventana que da al parqueadero y a la calle.

Toma la libreta de pasta amarilla de la mochila que luego deja sobre uno de los asientos. Coloca el vaso a un costado de la mesa y devuelve la moneda a su cartera. Con un par de párrafos relata las novedades de ese día, apunta el costo del café y añade la dirección: 78041 – Boulevard Del Mar, Laredo, Texas.

Le gusta responder que escribe porque tiene mala memoria, pero la verdad es que es un hábito que cultiva desde niña. Aprendió a registrar todo lo que llama su atención, sea o no importante; describe cada lugar que visita, retrata a quién conoce y narra las historias que le cuentan. Primero lo hizo en sus cuadernos escolares y luego en libretas que compra por impulso. Al llenarlas, les añade un índice y las guarda para revisarlas en un futuro pendiente.

Durante el vuelo incluyó una lista de lugares en los que podría encontrar las respuestas que busca: el forense, las iglesias, los archivos del periódico local, la patrulla fronteriza, la oficina de migración, aunque no está segura por cuál empezar.

El regusto amargo devuelve sus pensamientos al café que disfruta en sorbos pausados. Bebe despacio, no solo para sentir el líquido enfriándose, sino para repasar —una vez más —la historia que le contó su madre incluso antes de nacer y que con los años se fue alejando de sus conversaciones, no porque perdiera importancia, sino que aprendieron a convivir con el dolor y la esperanza que les provoca recordarla.

Hoy esa historia regresa atenuada, al descubrir que ha recorrido la misma ruta de la persona que busca. Idéntica a la que cubre el grano con el que prepararon su café, el que trajeron en un costal desde Tapachula, en Chiapas, lugar desde donde su abuela y su madre recibieron la última llamada de su padre, desaparecido veinticinco años atrás.

Entonces Sayri sonríe, sin entender que su viaje apenas ha comenzado.

 


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martes, 17 de diciembre de 2024

Resignaciones

El año termina y, con él, ojalá también esa sensación de apatía con la que nos hemos arropado. Lo deseo con sinceridad, porque nos urge alejarnos del quemeimportismo colectivo heredado de la pandemia, de la que muchos salimos rasguñados o golpeados, solo para enfrentar otra crisis: la que los violentos han provocado al tomarse buena parte del país.
Son las ambiciones de unos y la arrogancia de otros las que, en un contrapunto sincrónico, juegan a ser “policías y ladrones” o “perros y venados” sin dejarnos claro quién es quién. Y si eso ya es preocupante, lo verdaderamente peligroso es que estamos aceptando ese estado de cosas como normal, del mismo modo que aceptamos los cortes de energía, la decadencia de la Asamblea, la discriminación hacia quienes piensan o se ven distintos, y el maltrato de mujeres y niños dentro de nuestros propios hogares.
¿Será acaso que la desidia nos acompaña desde el nacimiento de la República y no lo hemos notado? Tal vez esté en cada “así mismo es”, en el “no pasa nada”, en el “no hay mal que dure cien años” o en el “Dios proveerá” que pronunciamos antes de respirar hondo para atrevernos a tomar decisiones que sabemos nos afectarán para siempre.
Y, en esa bocanada de aire, estoy yo: con el cabello recién cortado, el traje negro hecho a medida en la sastrería Hidalgo, sentado sobre el suelo de madera y sosteniendo mi guitarra, antes de salir hacia la iglesia, donde la Mona llegará después de iniciada la misa.
Será el “Dios proveerá” quien me encuentre en la madrugada del 2 de enero del 96, temblando y sin dormir, acunando en mis brazos a mi hijo recién nacido, mientras siento el calor de los primeros rayos de sol entrando por una ventana de la Clínica Central. O tal vez sentado en Montmartre junto a la Mona, compartiendo del pico de una de las dos botellas de vino que nos regalaron en Cori. La otra la abriremos en el bautizo de la Lau, en un Pujilí que ya se esfumó.

Lo efímero

Somos un país de indecisiones, de tareas dejadas a medio hacer, de procesos inacabados, de sueños abandonados, de construcciones inconclusas. Vivimos en el “ahí se quedan”, el “conmigo no cuenten”, el “eso me pasa por pendejo” y el “bienechito por metido”. Así nos apartan, cuando no nos hemos autoexcluido ya, de la participación política, de las decisiones que nos afectan o de la acción social, delegando lo importante en quienes no demuestran ni buena intención ni mérito.

Ese alejamiento crea boquerones que terminan ocupados por quienes responden solo a ambiciones y pecados. Así, hipotecamos el orden, la seguridad y nuestro bien vivir en favor de esos avivatos que recogen diezmos en cada alcaldía.

Mientras callamos, los otros, los electos, los llamados a fiscalizar y pedir cuentas, pasan sus días entre el TikTok mal hecho y las selfies mal tomadas. Al final, el tiempo, que resuelve poco, traerá el olvido, como ya ocurrió con el hospital de Miñarica y, más antes, con las refrigeradoras donadas a los curas tras el terremoto del 49.

Y mientras pasan los días, los meses y la vida, estoy yo, listo para saltar sobre las nubes que se detienen en el páramo más alto del Yagüi Urco, con la esperanza de caer entre la bruma y el polvo, justo sobre el balde de la Datsun blanca que cruza el nieve algodón que separa la Piedra León de los Ilinizas.

Antes, mucho antes, estaré sobre ese mismo cielo nublado, mirándolo desde la ventana del avión que me lleva al Saintes del Anfiteatro y la Vía Agrippa, para compartir un cigarrillo negro con una muchacha de Kémerovo.

El éxodo

El futuro es siempre incierto. La vida nos prepara lentamente para afrontarlo, aunque, de tanto en tanto, decide sacudirnos, como lo hicieron Manabí y Esmeraldas al país en 2016. Ese terremoto logró despertarnos por un momento, lo justo para vaciar un par de supermercados en Quito, solo para luego olvidar que hay niños dejando las escuelas, protegiéndose del abandono o vinculándose a la violencia.

Es la desidia la que está vaciando, por tercera vez, el sur y el centro del país. Los jóvenes abandonan el campo para llenar de ponchos rojos y anacos oscuros las ciudades, antes de cruzar a pie la selva del Darién. Lo incierto los expulsa, lo precario los convence de que el desarraigo les traerá la vida digna que anhelan. El malestar los moviliza, como ocurrió en octubre de 2019, cuando hicieron el juego a los políticos del tractorcito y el show en la Casa de la Cultura, para lograr nada. La necesidad los guía; al fin y al cabo, “Dios proveerá”.

Al principio y al final de la duda estoy yo, de pie, sobre el escenario del Teatro Eugenia Mera, como el primer día en la escuela de niñas donde cursé mi primer grado, inmóvil y asustado, pero listo para enfrentar mis miedos y demonios, planteándome ese salto al vacío que algunos llaman imprudencia y al que yo decido llamar libertad.



jueves, 19 de septiembre de 2024

Vida en Retazos

Imagen generada en IA

Primer retazo:

Es miércoles, mitad de la semana, y voy a la Asamblea Nacional otra vez. Sí, ¡otra vez! 

He pasado buena parte de la noche escribiendo. El texto final tiene 46 argumentos perfectamente ordenados que, desde que escribí la primera letra, supe que no me permitirían exponer.

Mi narración es cuidadosa, no desperdicia ni comas ni acentos. La dejé en la nube para imprimirla en la oficina.

Solo una persona la ha leído: "¡Fuerte! ¡Me gusta!", fue su comentario en WhatsApp. 

Salgo temprano y, como todos los días, voy por un café. Debí ponerme la camiseta de Gorillaz —me recrimino—, pero en lugar de eso, salgo de casa vistiendo terno, con el pelo recién cortado, los lentes limpios y los zapatos lustrados. Sonrío al reconocerme en el espejo del ascensor. 

"Llevo un fósforo encendido dentro de una cajita", me digo, pensando en la canción de Gorillaz, aunque algunos pensarán que son 'cachivaches', concluyo recordando el poema de Walsh. 

Segundo retazo:

He incumplido la recomendación, lo confieso. Me dijeron que no viniera y fui; me dijeron que no hablara y hablé. El día anterior, también le fallé a mi dentista, pero no importa, eso fue por una buena razón. 

Busco una silla en el fondo del salón y me acomodo para escuchar al equipo, mirar su puesta en escena y representar a mi personaje. Voy de pantalón negro y camiseta de cuello redondo y alto. El suéter también es negro, también la tinta del esfero con el que voy tomando notas. 

Los colegas explican el mecanismo detrás de las proyecciones demográficas. Lo traduzco en la mente como siempre: una suma y resta de nacimientos, muertes y el ir y venir de migrantes. Sé que el sistema que utilizan es bastante más complejo; les debe haber costado cientos de tazas de café engranar las 240 fuentes con las que armaron ese reloj teórico que utilizan para anticipar el futuro. 

Apenas si describen los cálculos rigurosos que han hecho, o las hipótesis que usan para explicar lo que hallaron en los registros vitales, las encuestas a hogares y los censos poblacionales. 

Tomo el micrófono en dos ocasiones. ¡Sacrilegio! Me digo, sintiéndome como un mercader que debe ser expulsado del templo. 

"En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas", pienso, recordando el poema de Walsh.

Veo que en 2050 estaré muerto, entonces "el tiempo para mí no significa nada", concluyo, evocando la canción de Gorillaz. 

Tercer retazo:

Pido un expreso a la mujer que me atiende en el bar del hotel, "¿puede endulzarlo con miel de abeja?" añado. "Que tenga una buena tarde", se despide al recibir el pago. A diferencia de la mujer de la Asamblea, ella es amable y sonríe.

Voy a Ambato, es jueves. Hago dos llamadas al equipo en teletrabajo, uso el “manos libres” mientras conduzco. La primera, desde el lugar donde ocho horas antes las redes dijeron que habían disparado contra un matrimonio. Cuatro balas sicarias: ¿Causa de muerte? ¡Por encargo! 

Entonces me siento mal, no por mí o por el matrimonio emboscado, tampoco por la amable mujer del bar del hotel. Siento pesar por la mujer de la Asamblea. La miro vestida de blanco insípido el miércoles y de verde superficial la noche anterior en la tele. 

Jodida suerte, me digo. Va a necesitar más comas y más acentos de los que puse en los 46 argumentos que planeé presentar en mi negada comparecencia. 

¿Cómo hará para explicar que la pobreza, la violencia y la apatía del Estado que ella representó le quitaron seis años a la esperanza de vida de las niñas que nacen hoy en Esmeraldas, y ocho más a sus hermanos, solo por ser niños? 

"Inútil, pero el futuro se está acercando", pienso, recordando la canción de Gorillaz. "Las cosas no tienen mamá", concluyo, pensando en el poema de Walsh.


jueves, 22 de septiembre de 2011

El Bus de la Alegría

Su partida inicia en la idea de tomarnos (en plural) el espacio público en función de una propuesta, construir ciudadanía desde el aporte individual de quien habita la ciudad y disfrutar generando ideas nuevas y compartirlas. Al día de hoy a arribado a tres estaciones:

1. El Ecuador de los Niños.- El arranque de esta aventura se produce por una infantil pregunta: ¿Tío me ayudas a exponer mis pinturas?, de ahí a hablar con el Director de la Casa de Montalvo y ya está el local; elegir los cuadros (de tres pintores infantiles), preparar afiche, invitaciones, entregables y hasta cuña de radio y TV, todo artesanal y con nuestras propias manos. También fue necesario un patrocinador y fruto ello aparece mi primer contacto con el Comité Permanente (mi amor por la fiesta es anterior), el apoyo fue inmediato “es raro que vengan a dar, por lo general vienen a pedir” fue la frase final de la entrevista.

2. La Ciudad de la Alegría (como el libro de Dominique Lapierre).- Una idea, para el Comité Permanente de las Fiestas de Ambato, que consiste en el Centro Cívico tomado por niños, la elección del Alcalde Infantil quien declarará a “Ambato, la ciudad de la alegría”, luego pintores, poetas, músicos, teatreros, deportistas, se tomarán en desordenado orden el salón de la Ciudad, La Casa de la Cultura, la Casa de Montalvo, la Casa del Portal, el Parque Montalvo, El Teatro del Consejo Provincial, La Catedral, en fin: tres días en que la ciudad se vista de niños que conversen, canten, jueguen y bailen, al tiempo de construir ciudadanía.
En 2012 la idea cumplirá 7 años como evento oficial de la Fiesta de la Fruta y de las Flores. Espero que luego de 15 o 20 años pueda sentarme en una de las bancas del Parque Montalvo a mirar como pintores, músicos, bailarines y poetas infantiles se toman una vez más los espacios de Ambato, “la Ciudad de la Alegría”.

3. El Bus Que Va a la Escuela.- Otra pregunta marca a este proyecto, me la hicieron con desgano en uno de los pasillos del INEC: ¿Qué va a hacer el INEC en una escuela?, ¡fácil!, ¡lo que hacen los niños!, ¡va a aprender! Va a conocer desde la mirada infantil cómo se sienten las cifras, a buscar cómo promover la toma de decisiones basadas en datos, a compartir información con quienes aún no sienten necesidad de acceder a ella -sabiendo que esto cambiará sus vidas-, a personalizar y darle rostro a las cifras.
Por esas razones visitamos 886 escuelas para trabajar con 40.200 niños, por eso preparamos un cuaderno de trabajo y una guía para el maestro, por eso incluimos juegos, clases divertidas y colores alegres, por eso lo ejecutamos en el momento de mayor estrés para el equipo y también por eso elegí (en singular) como primera escuela la del Cebollar y serán esas razones por las que cuando me retire del INEC en mi hoja de vida incluiré lo hecho en el marco del Censo 2010 como mi aporte más relevante al Instituto, pero el Bus de la Escuela será el que realmente caliente mi corazón.

Entrada destacada

Resumen de la presentación del libro "Los Guerrero, Genealogía i Bitácora".

Ambato, viernes 22 de febrero de 2019 Teatro del Centro Cultural Eugenia Mera