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lunes, 10 de noviembre de 2025

Cómo se mide la opinión pública y por qué fallan las encuestas electorales

Cómo se mide la opinión pública

Se realiza mediante métodos que indagan lo que las personas piensan sobre temas de interés común. El instrumento más utilizado es la encuesta, que recoge información de una muestra representativa y permite inferir los resultados al conjunto de la población estudiada.

Aunque útiles, las encuestas no pueden anticipar los cambios en el sentir ciudadano, influido por la publicidad, las narrativas políticas y las emociones colectivas. Por eso se realizan mediciones sucesivas (trackings) y se complementan con técnicas cualitativas, como los grupos focales, que permiten observar cómo se forman las opiniones y qué emociones las sustentan. También se emplean entrevistas en profundidad para explorar la visión de personas que influyen en el colectivo o representan tendencias de opinión.

Mientras la encuesta determina qué proporción de la población respalda a un candidato o una postura política y permite caracterizarla, el grupo focal revela las razones de ese apoyo. Combinadas, las técnicas ofrecen una mirada más completa: los números describen la tendencia y las palabras explican su sentido.

Además, existen métodos indirectos, como el análisis de discursos, redes sociales o medios digitales, que permiten observar cómo circulan las ideas y emociones en la sociedad, y cómo la opinión pública se forma, se expresa y se transforma en tiempo real. Asimismo, la revisión de bases históricas provenientes de encuestas a hogares, censos nacionales y resultados de elecciones anteriores puede ayudar a anticipar escenarios sobre la forma en que votan las poblaciones y los territorios.

Aunque menos utilizados, también puede emplearse otros métodos como el Delphi, que consulta en varias rondas a un grupo de expertos para identificar coincidencias y anticipar escenarios, ofreciendo lecturas más informadas en contextos cambiantes.

¿Por qué fallan las encuestas electorales?

Por limitaciones presupuestarias, ausencia de una institución especializada y la urgencia por obtener resultados en tiempos electorales, los actores políticos suelen recurrir a encuestas puntuales —que a menudo transforman en sondeos sucesivos—, acompañadas, en el mejor de los casos, de grupos focales realizados por consultores privados. Sin embargo, quienes las ejecutan no siempre cuentan con la experiencia ni con la infraestructura necesaria —como marcos de muestreo, cartografía o métodos validados— para garantizar su calidad.

Los errores de diseño provienen de múltiples fuentes:

  • Muestras no representativas, que omiten zonas rurales, jóvenes sin acceso a internet o áreas de difícil acceso —como sectores de estrato alto—, además de personas que desconfían del encuestador. Un ejemplo es el exit poll de Market (2023), que dio como ganador a L. Amoroso para la alcaldía de Ambato, aunque el escrutinio mostró que el 33 % votó por D. Caiza; la diferencia se concentró en sectores rurales no incluidos en la muestra.
  • Métodos no probabilísticos, como el muestreo por cuotas, que seleccionan a quienes es más fácil contactar, impidiendo generalizar los resultados. Son frecuentes en encuestas realizadas por redes sociales.
  • Sesgos de respuesta, que ocurren cuando el informante oculta su preferencia, responde con prisa, elige la opción que percibe como ganadora o se niega a contestar. Si los simpatizantes de un candidato participan menos, el resultado tiende a inclinarse hacia el otro lado.

Aun así, las encuestas electorales no “fallan” porque estén mal hechas, sino porque se les exige predecir algo que cambia de manera constante, incluso después de la última medición permitida. Están expuestas a factores externos, como escándalos o eventos que alteran el ánimo colectivo; un ejemplo fue el asesinato de Fernando Villavicencio, ocurrido once días antes de las elecciones presidenciales de agosto de 2023.

También “fallan” por errores de interpretación, cuando analistas o medios las presentan como una carrera para definir “quién va ganando” o para influir en la decisión de los electores. Se olvida —a veces con intención— que las encuestas reflejan la opinión del momento en que se levantan; se parecen más a una fotografía que congela un instante que a una película que muestra la evolución de la intención de voto.

Incluso los conteos rápidos oficiales han equivocado su resultado: en febrero de 2021, el CNE dio como finalistas a A. Arauz (32 %) y Y. Pérez (20%), pero luego reconoció que G. Lasso —quien finalmente ganó la presidencia— había alcanzado el segundo lugar.

¿Cómo reconocer una buena encuesta?

Una buena encuesta explica con transparencia cómo fue realizada. Publica su ficha técnica con el tamaño y tipo de muestra, margen de error, cuestionario utilizado, fecha de levantamiento y fuente de financiamiento (algo que no ha sucedido en Ecuador). Utiliza un muestreo probabilístico —no por conveniencia— y un cuestionario claro y neutral. Además, diferencia entre el voto directo (lo que la gente declara) y el voto estimado (la inferencia del analista) y no oculta a los indecisos.

Una mala encuesta, en cambio, no detalla su metodología, formula preguntas dirigidas o busca favorecer a un candidato o tendencia política, disfrazando la propaganda como investigación. En esos casos, más que medir la opinión pública, intenta fabricarla.

Una buena encuesta no pretende predecir el futuro, sino entender el presente. Es útil cuando se aplica con rigor y se interpreta con criterio. Combinada con la escucha cualitativa, convierte los datos en rostros y las opiniones en sentido. No obstante, su poder predictivo es limitado: requiere varias mediciones (trackings y sondeos sucesivos) para detectar tendencias y diferencias amplias para ser confiable.

Un ejemplo ilustrativo ocurrió en 2017, cuando CEDATOS proyectó lavictoria de G. Lasso con el 50,8 % frente al 49,2 % de L. Moreno, e incluso una semana antes con una brecha aún mayor (53,9 % vs. 46,1 %). Moreno ganó con el 51,16 % frente al 48,84 % de Lasso.

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Geografía del voto (o cómo elegimos a quién odiar)

A simple vista, la votación en primera vuelta parecería homogénea y repartida territorialmente entre los candidatos que van al balotaje. Sin embargo, al desmenuzar los datos, el panorama se vuelve más complejo para la elección del nuevo presidente, es decir, la persona que la mitad del país odiará dentro de cuatro años. 

Para empezar, desmontemos la idea de que la sierra y la costa se inclinaron de manera uniforme hacia los finalistas, una conclusión errónea si solo se observa la votación por provincias. Aunque la diferencia entre los dos primeros no llega a un cuarto de punto porcentual, González ganó en 118 cantones (de los cuales el 28% están en la sierra), Noboa en 98 (el 12% en la costa) e Iza en 8, ubicados en su mayoría en la sierra centro y la Amazonía. 

Los llamados “candidatos esponja” hicieron su mejor esfuerzo por diluir votos, pero terminaron disolviéndose ellos mismos. Su irrelevante votación demostró que nunca fueron opciones nacionales: Saquicela no consiguió un solo voto en el 78% de las juntas, Cueva en el 68%, Gómez en el 67%, Araus en el 64% y Rabascall en el 62%. Sin embargo, la verdadera debacle se refleja en la inexistente representación de sus auspiciantes en la Asamblea Nacional. 

La centralidad y la periferia parecen dos países distintos, y así lo expresan en las urnas. Si solo se contara el voto en las capitales provinciales, Noboa habría ganado en una sola vuelta (49,2% frente al 39,0% de González). En cambio, al excluirlas y considerar el resto del país, González sería la vencedora con 50,4%, trece puntos por encima de su oponente. Estos datos explican por qué el sesgo de muestreo —con encuestas concentradas en ciertos territorios— provoca errores en trackings y exit polls. 

El voto urbano y rural también presentan marcadas diferencias. En el ámbito urbano, Noboa ampliaría su ventaja a tres puntos (46% contra 43% de González), mientras que Iza apenas alcanzaría un 3,5%. En contraste, en el sector rural, González rozaría la victoria en una sola vuelta con el 46,2%, seguida por Noboa con 36,7% e Iza con 10,7%. Esto sugiere que la desconexión del gobierno con la ruralidad sigue siendo una constante. 

Otra diferencia se observa en la votación por género. Con el voto exclusivo de los hombres, González habría ganado con 45,1% frente al 42,9% de Noboa. Sin embargo, entre las mujeres, el resultado se invierte: 46,4% para Noboa y 43,4% para González. 

Si cruzamos estos datos con las principales preocupaciones de los ecuatorianos —pobreza, trabajo e inseguridad—, encontramos patrones reveladores. En los ocho cantones (49 parroquias) donde ganó Iza, la población indígena es alta y los niveles de pobreza son elevados. Sin embargo, Noboa se impuso en 10 de los 20 cantones con mayor presencia indígena, lo que evidencia que la segunda vuelta no estará tan marcada por las organizaciones indígenas como ellas creen. 

En cuanto a la pobreza, González lidera en 13 de los 20 cantones más afectados, cinco de ellos en Manabí, un bastión donde su movimiento no ha logrado resolver los problemas estructurales. Noboa se impone en cinco e Iza en dos (Guamote y Sigchos). En el otro extremo, entre los 20 cantones con menor pobreza, Noboa domina con 16 victorias, incluidas 10 capitales provinciales, entre ellas Quito y Guayaquil. González, por su parte, triunfa en dos cantones de Azuay y dos de El Oro. 

Con un 12% de votos aún en disputa (algo más de cinco puntos de Iza y casi siete del resto), el comportamiento electoral en torno al empleo también es clave. Entre los 20 cantones con menor nivel de ocupación, González se impuso en 15 (14 en la Costa y uno en la Amazonía), mientras que los cinco restantes votaron por Noboa, incluido Esmeraldas, una de las provincias más afectadas por la pobreza, el desempleo y la violencia. En contraste, en los 20 cantones con mayor nivel de ocupación, Noboa ganó en 13, destacando Ambato entre ellos. 

Finalmente, al analizar la relación entre violencia y votación, se observa un patrón interesante: de los 20 cantones donde más han disminuido las tasas de homicidios intencionales, 18 favorecieron a González y solo dos a Noboa. Parecería que el mítico animal del “Plan Fénix” resurgió de las cenizas en el bando contrario. 

Mientras los estrategas reajustan sus planes para disputar cada voto incierto, los resultados evidencian que el electorado es un mosaico de inquietudes y prioridades que varían según los contextos locales. Lo único seguro es que la historia se repite: unos celebran su regreso al poder mientras otros calculan cómo impedirlo. Y el país, atrapado en el vaivén de promesas y desilusiones, sigue preguntándose si esta vez “el nuevo presi” traerá algo más que discursos y desencanto. 



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