lunes, 18 de febrero de 2013

Alguien puede sentirse orgulloso de habitar en una ciudad sucia?

Coincidirán conmigo en que el sentimiento que provoca una ciudad así, a lo sumo, sería de pena para el ajeno o de enojo para quien vive en ella y en que la acción inmediata será limpiarla (aunque la más obvia y útil es no ensuciarla).

Transitar por una ciudad permite al visitante reconocer de un solo vistazo la forma como el habitante de la urbe en cuestión vive dentro de su comunidad, comprender como la ciudad trata su patrimonio y construye su identidad, que prioridades tiene, que garantías da a sus habitantes para desarrollarse, como cuida de sus familias, como aporta en la generación de valores. Por ello no causa asombro el orgullo con el que la gente habla de su ciudad cuando es moderna y pujante, amigable o con historia; orgullo que parte del respeto y admiración que cultivan por su ciudad, orgullo que no es gratuito ni connatural y que va más allá del cariño propio hacia la ciudad que uno habita o en la que uno nace. Pero puede generar orgullo una ciudad sucia por agresión?

El Espacio público alberga el cotidiano transcurrir de la vida colectiva, es el sitio donde la interacción entre los habitantes de la ciudad se efectúa, allí charlamos con los amigos, paseamos con nuestros niños, nos enamoramos, nos desenamoramos, festejamos los triunfos deportivos, nos manifestamos cuando estamos inconformes, incluso es allí donde tomaremos el sol o miraremos la gente "pasar" cuando estemos viejos. El espacio público son plazas, calles, parques, redondeles, mercados, también es espacio público la cara externa de la pared exterior de una casa. Pero acaso hay alguien que quiera pasear entre postes donde cuelgan carteles atiborrados de tal forma que parecen vencer con su peso la fortaleza del poste? O prefieren hacerlo entre paredes pintadas en campañas políticas nuevas o de hace más de 10 años y que a alguien se le olvidó limpiar?.

Dirán ustedes, con acierto, que es responsabilidad de las autoridades municipales ocuparse de la gestión de la ciudad y como parte componente de ella cuidar del espacio público, coincidirán también que para hacerlo tienen capacidad normativa y capacidad sancionadora para hacer cumplir las normas (cuando existen), pero yo añadiría a esto la necesidad de exigir que estas capacidades se utilicen para que nunca más se agreda a Ambato de la forma en que lo han hecho, que se erradique el uso de postes como pendones de carteles inútiles (sólo basta ver la relación votó logrado vs cartel exhibido) y se limpié inmediatamente las paredes para no soportar por años los rostros de algunos que mejor quisiéramos olvidar (de lo contrario les habríamos pedido una fotografía); mientras van limpiando recuerden que ya viene la siguiente campaña y qué necesitamos la normativa ahora. Procedan, tengan la bondad!!!

jueves, 14 de febrero de 2013

La niña y El Espantapájaros


Me sé de memoria la historia de tantas veces que la he escuchado contar, unas cuando alguna de mis tías vino de visita y otras cuando algún primo, a su regreso al país, hizo la parada de rigor en casa de mis padres. La historia estuvo siempre cargada de exageración, lo que la hace más divertida y por lo mismo menos creíble. Con el tiempo se fue perdiendo o se escondió agazapada en algún rincón de la memoria hasta que tuve la ocasión de volver al viejo Teatro Sucre donde he estado muy pocas veces, a decir verdad, tres: una para presentarme allí, otra para ver sobre el tablado a los amigos y esta última motivado por la curiosidad.
......
Al entrar, al Sucre, lo primero que llama mi atención es un piano de cola que reposa ya en el escenario, más que majestuoso me parece triste, olvidado, a un costado del escenario; minutos después de sentarme en el lugar que me corresponde me descubro en el intento por responder en un francés de seguro tan malo como el español en el que me pregunta la mujer sentada a mi lado, tanto que término explicándole entre señas lo que entiendo del repertorio a ejecutarse esa noche.
Me rodea un auditorio que llena poco más de media sala, la mayoría auto convocados por "estar" en el homenaje al Maestro Gerardo Guevara. Cuando las luces se vuelven tenues me acomodo en mi butaca al tiempo que intento convencerme de que es una buena forma de terminar el día y olvidar por un rato el trabajo.
Da inicio el concierto y la sola presencia del compositor reflejada en una pantalla gigante frente al escenario, me anuncia el descubrimiento que voy a realizar. A cada interpretación le antecede una breve explicación tomada del anecdotario personal del Maestro Guevara Viteri. Pasan varias melodías, unas nuevas para mí, otras que han estado ahí siempre y que yo no reconocía su autoría -o arreglos para coro- y otras que escuchaba por primera vez. Casi de inicio, retumba a mi lado el Yupaichishca con su "Salve, Salve Gran Señora, Salve Poderosa Madre" que me grita desde adentro; luego un diferente "Se va con algo mío" romántico, tremendo, mortal, quedo, único; para dejar al final la sorpresa de un Espantapájaros que instantáneamente me transporta hasta el viejo despacho de la historia mil veces repetida.
Lo encuentro tal como lo recuerdo, lleno de libros con hojas que se intercalan entre viejos sucres, atiborrado de partituras e instrumentos musicales. Me miro en el centro de una habitación rebozada de notas musicales que no suenan, sino que cuelgan primorosas de cientos o miles de pentagramas, mientras silentes instrumentos esperan respetuosos el momento oportuno para armónicos y coordinados hablar en el extraño lenguaje que le pertenece a su único habitante, mi otro abuelo, el que casi no conocí.
Con la última nota que se desprende del negro piano de cola entiendo de donde proviene la tranquila paz que en ocasiones me provoca el estar solo y la profunda tristeza con que lo disfruto, entonces me levanto, en silencio y con el corazón calientito me alejo del viejo despacho.
De regreso a la casa de San Juan camino bajo la lluvia con el corazón tan triste como el de la niña cuando se aleja del Espantapájaros.

Entrada destacada

Resumen de la presentación del libro "Los Guerrero, Genealogía i Bitácora".

Ambato, viernes 22 de febrero de 2019 Teatro del Centro Cultural Eugenia Mera