martes, 17 de diciembre de 2024

Resignaciones

El año termina y, con él, ojalá también esa sensación de apatía con la que nos hemos arropado. Lo deseo con sinceridad, porque nos urge alejarnos del quemeimportismo colectivo heredado de la pandemia, de la que muchos salimos rasguñados o golpeados, solo para enfrentar otra crisis: la que los violentos han provocado al tomarse buena parte del país.
Son las ambiciones de unos y la arrogancia de otros las que, en un contrapunto sincrónico, juegan a ser “policías y ladrones” o “perros y venados” sin dejarnos claro quién es quién. Y si eso ya es preocupante, lo verdaderamente peligroso es que estamos aceptando ese estado de cosas como normal, del mismo modo que aceptamos los cortes de energía, la decadencia de la Asamblea, la discriminación hacia quienes piensan o se ven distintos, y el maltrato de mujeres y niños dentro de nuestros propios hogares.
¿Será acaso que la desidia nos acompaña desde el nacimiento de la República y no lo hemos notado? Tal vez esté en cada “así mismo es”, en el “no pasa nada”, en el “no hay mal que dure cien años” o en el “Dios proveerá” que pronunciamos antes de respirar hondo para atrevernos a tomar decisiones que sabemos nos afectarán para siempre.
Y, en esa bocanada de aire, estoy yo: con el cabello recién cortado, el traje negro hecho a medida en la sastrería Hidalgo, sentado sobre el suelo de madera y sosteniendo mi guitarra, antes de salir hacia la iglesia, donde la Mona llegará después de iniciada la misa.
Será el “Dios proveerá” quien me encuentre en la madrugada del 2 de enero del 96, temblando y sin dormir, acunando en mis brazos a mi hijo recién nacido, mientras siento el calor de los primeros rayos de sol entrando por una ventana de la Clínica Central. O tal vez sentado en Montmartre junto a la Mona, compartiendo del pico de una de las dos botellas de vino que nos regalaron en Cori. La otra la abriremos en el bautizo de la Lau, en un Pujilí que ya se esfumó.

Lo efímero

Somos un país de indecisiones, de tareas dejadas a medio hacer, de procesos inacabados, de sueños abandonados, de construcciones inconclusas. Vivimos en el “ahí se quedan”, el “conmigo no cuenten”, el “eso me pasa por pendejo” y el “bienechito por metido”. Así nos apartan, cuando no nos hemos autoexcluido ya, de la participación política, de las decisiones que nos afectan o de la acción social, delegando lo importante en quienes no demuestran ni buena intención ni mérito.

Ese alejamiento crea boquerones que terminan ocupados por quienes responden solo a ambiciones y pecados. Así, hipotecamos el orden, la seguridad y nuestro bien vivir en favor de esos avivatos que recogen diezmos en cada alcaldía.

Mientras callamos, los otros, los electos, los llamados a fiscalizar y pedir cuentas, pasan sus días entre el TikTok mal hecho y las selfies mal tomadas. Al final, el tiempo, que resuelve poco, traerá el olvido, como ya ocurrió con el hospital de Miñarica y, más antes, con las refrigeradoras donadas a los curas tras el terremoto del 49.

Y mientras pasan los días, los meses y la vida, estoy yo, listo para saltar sobre las nubes que se detienen en el páramo más alto del Yagüi Urco, con la esperanza de caer entre la bruma y el polvo, justo sobre el balde de la Datsun blanca que cruza el nieve algodón que separa la Piedra León de los Ilinizas.

Antes, mucho antes, estaré sobre ese mismo cielo nublado, mirándolo desde la ventana del avión que me lleva al Saintes del Anfiteatro y la Vía Agrippa, para compartir un cigarrillo negro con una muchacha de Kémerovo.

El éxodo

El futuro es siempre incierto. La vida nos prepara lentamente para afrontarlo, aunque, de tanto en tanto, decide sacudirnos, como lo hicieron Manabí y Esmeraldas al país en 2016. Ese terremoto logró despertarnos por un momento, lo justo para vaciar un par de supermercados en Quito, solo para luego olvidar que hay niños dejando las escuelas, protegiéndose del abandono o vinculándose a la violencia.

Es la desidia la que está vaciando, por tercera vez, el sur y el centro del país. Los jóvenes abandonan el campo para llenar de ponchos rojos y anacos oscuros las ciudades, antes de cruzar a pie la selva del Darién. Lo incierto los expulsa, lo precario los convence de que el desarraigo les traerá la vida digna que anhelan. El malestar los moviliza, como ocurrió en octubre de 2019, cuando hicieron el juego a los políticos del tractorcito y el show en la Casa de la Cultura, para lograr nada. La necesidad los guía; al fin y al cabo, “Dios proveerá”.

Al principio y al final de la duda estoy yo, de pie, sobre el escenario del Teatro Eugenia Mera, como el primer día en la escuela de niñas donde cursé mi primer grado, inmóvil y asustado, pero listo para enfrentar mis miedos y demonios, planteándome ese salto al vacío que algunos llaman imprudencia y al que yo decido llamar libertad.



jueves, 7 de noviembre de 2024

Datos, pupusas y la rosa náhuatl


Los vuelos de madrugada convocan personas de aspecto preocupado y cara triste, pienso mientras me coloco en la fila frente a la puerta A15 de la salida internacional en el aeropuerto de Quito. Serán dos horas y unos 30 minutos lo que durará el vuelo a San Salvador. Viajo para exponer la experiencia del censo que ejecutamos en 2022 durante la presentación de resultados del que El Salvador ejecutó en este año, al que el equipo del Banco Central de Reserva ha denominado “el primer censo 100% digital”.

La madrugada parece esconder las sonrisas y disimular la esperanza; al menos eso siento al considerar que buena parte de quienes comparten conmigo el vuelo de Avianca, no planean utilizar su boleto de regreso, o al menos no lo harán en un buen tiempo. Lo confirmo en las estaciones de migración del "Arnulfo Romero", con los comentarios de la mujer que realiza mi ingreso. "¿Tiene visa americana?", pregunta. "No", respondo, "se caducó y estoy por renovarla", añado. Entonces la mujer me explica que, si la hubiera tenido, habría aprobado mi ingreso por más de los 90 días que ha registrado. "Solo vengo por tres días", le digo antes de sonreír, agradecer y retirarme. 

Una vez fuera, me recibe Manuel, el delegado del Banco, a quien han encomendado mi traslado y el de la representante del Banco Central de Honduras que llegará unos minutos más tarde. Aprovecho la espera para tomar mi primera taza de café en El Salvador, que el amable funcionario insiste en pagar a pesar de mis negativas.

El evento será al día siguiente, así que haber llegado de madrugada me da tiempo para recorrer la ciudad. Me dirijo al centro histórico y paso buena parte de la mañana explorando los siete niveles de la BINAES, una impresionante biblioteca con espacios para lectores de todas las edades, intereses y ocupaciones. Me entretengo especialmente en dos áreas de la gigantesca infraestructura donada por el gobierno chino, en el espacio de libros en braille, donde el encargado me explica los artilugios que facilitan el acceso a las historias que contienen, como lupas electrónicas y lectores que transforman el texto en audio, cuando me retiro, él vuelve a colocar sus dedos sobre las blancas páginas del libro que lee, aunque no ve. Otro lugar de interés es el espacio dedicado a Saint-Exupéry y El Principito, donde se exhiben varias ediciones, me llama la atención una cuya portada negra destaca la figura de un niño sujetando una concha marina, está delante de un volcán y una pirámide. La edición ha sido traducida al náhuatl e ilustrada con referencias al mundo indígena.

El día del evento confirma lo que sentí al llegar y pude constatar en conversaciones con Manuel, los conductores de Uber, las mujeres encargadas del desayuno en el hotel (con pupusas, platanitos y un arroz con frijoles al que llaman “casamiento”), la mujer que trabaja como guardia en la puerta del BINAES y los dependientes en el restaurante y la cafetería del Bambú, el centro comercial cercano a la capilla donde una bala asesina, disparada desde un Volkswagen rojo estacionado a 31 metros, convirtió en santo a Monseñor Romero al intentar silenciar sus homilías a favor de los pobres.

San Salvador es un lugar de gente especialmente amable, donde se come bien y al que sus habitantes recomiendan como un sitio seguro, "a cualquier hora y en cualquier lugar" repiten. Los zaguanes en algunas de sus calles me recuerdan a Guayaquil, entonces siento el calor del puerto ecuatoriano, con la diferencia que aquí la gente se protege bajo los arbolados que cubren las calles y transitan sin estar pendientes de cada ruido y cada movimiento. 

En el evento las presentaciones transcurren lentamente. Lo mejor es la canción del censo y la radiografía del país que el presidente del Banco Central de Reserva presenta a través de cifras que yo interpreto sesgado por la imagen que tengo de ese país desde antes de visitarlo: “Son 6,03 millones de personas”, dice, “menos de las que habíamos pensado que serían” (algo que está ocurriendo en toda la región, pienso). “Hay 89 hombres por cada 100 mujeres” (fueron décadas de conflicto armado y violencia pandillera las que provocan esto, habrá que mirar cómo crecen esas diferencias en edades mayores a los 55 años, repaso mentalmente). “No se observa mucha migración interna” (apenas han logrado salir del control territorial de las pandillas, pienso). “Los niños acceden a tabletas electrónicas, los adultos a computadores y los adultos mayores a celulares básicos” (lo explica la política de acceso a la tecnología implementada por el gobierno de El Salvador, que entrega una tableta a cada niño). “El departamento de Cabañas tiene un mayor porcentaje de viviendas desocupadas” (de ahí la gente se fue a la yoni, deduzco). 

Por la tarde llega mi turno. Hablo sobre el contexto de nuestro censo, planificado en un entorno post pandemia y ejecutado en medio de la inestabilidad política y la violencia delictiva. ¡Qué diferencia con el ambiente de El Salvador! Si no conociera lo complejo de esos procesos, afirmaría que ejecutar su censo fue como untar mantequilla sobre un pan.

Me detengo en las innovaciones, además de usar tabletas electrónicas para la entrevista, les cuento que integramos el auto empadronamiento en línea y empleamos registros administrativos en varias fases del censo. Les hablo de los temas nuevos, como identidad de género, prácticas ambientales y tenencia de mascotas. Luego les digo que para proteger los datos, implementamos protocolos de encriptación, transmisión segura, almacenamiento en la nube y codificación automática basada en aprendizaje de máquina. Al final, concluyo con la reflexión de siempre: "si la estadística pública no se usa para incidir sobre la política y cambiar la vida de la gente, entonces no sirve". Ellos tienen pendiente la cobertura de servicios públicos.

Regresar a medianoche del día siguiente me da la oportunidad de visitar el volcán el Boquerón y tomar el desayuno en una de las hosterías del lugar, será café cosechado en el lugar, pupusas de loroco, frijoles y huevos con salsa de ayote. Por la tarde queda tiempo para pasar por unas quesadillas que compartiré con mi madre en Ambato e ir al café Astra, el de los chicos que atendían durante el evento de presentación de resultados, ahí elegiré un expreso preparado en una técnica de origami, con un bourbon de la finca El Encanto, de Juayua, endulzado con miel de abeja.

En el aeropuerto confirmo mi sospecha, muchos de los ecuatorianos que viajaron en el mismo vuelo de Avianca en el que llegué no usarán el boleto de regreso. Lo noto nuevamente al encontrar el avión con la mayoría de sus asientos vacíos. No estoy triste, siento alegría por esos seis millones de personas que ahora habitan un país al que sus conductores de Uber, funcionarios públicos y ciudadanos describen como un lugar seguro, en el que se puede caminar a cualquier hora entre arbolados, volcanes y playas. Así me despido de San Salvador, donde vive uno de cada cuatro salvadoreños, quienes pueden disfrutar de los libros en la BINAES a mediodía, a medianoche o en la madrugada, aunque no puedan ver.

Al día siguiente me descubro planeando escribir está bitácora, para contarles también que, nueve mil indígenas del pueblo náhuatl pipil residen en Sonsonate, aquel departamento de El Salvador donde nació Consuelo Suncín, la rosa que El Principito protege con un biombo y una cúpula de cristal en su planeta de tres volcanes y, que ella es la razón por la que tradujeron al náhuatl el texto de Saint-Exupéry.

jueves, 19 de septiembre de 2024

Vida en Retazos

 

Imagen generada con Microsoft Designer

Primer retazo:

Es miércoles, mitad de la semana, y voy a la Asamblea Nacional otra vez. Sí, ¡otra vez! 

He pasado buena parte de la noche escribiendo. El texto final tiene 46 argumentos perfectamente ordenados que, desde que escribí la primera letra, supe que no me permitirían exponer.

Mi narración es cuidadosa, no desperdicia ni comas ni acentos. La dejé en la nube para imprimirla en la oficina.

Solo una persona la ha leído: "¡Fuerte! ¡Me gusta!", fue su comentario en WhatsApp. 

Salgo temprano y, como todos los días, voy por un café. Debí ponerme la camiseta de Gorillaz —me recrimino—, pero en lugar de eso, salgo de casa vistiendo terno, con el pelo recién cortado, los lentes limpios y los zapatos lustrados. Sonrío al reconocerme en el espejo del ascensor. 

"Llevo un fósforo encendido dentro de una cajita", me digo, pensando en la canción de Gorillaz, aunque algunos pensarán que son 'cachivaches', concluyo recordando el poema de Walsh. 

Segundo retazo:

He incumplido la recomendación, lo confieso. Me dijeron que no viniera y fui; me dijeron que no hablara y hablé. El día anterior, también le fallé a mi dentista, pero no importa, eso fue por una buena razón. 

Busco una silla en el fondo del salón y me acomodo para escuchar al equipo, mirar su puesta en escena y representar a mi personaje. Voy de pantalón negro y camiseta de cuello redondo y alto. El suéter también es negro, también la tinta del esfero con el que voy tomando notas. 

Los colegas explican el mecanismo detrás de las proyecciones demográficas. Lo traduzco en la mente como siempre: una suma y resta de nacimientos, muertes y el ir y venir de migrantes. Sé que el sistema que utilizan es bastante más complejo; les debe haber costado cientos de tazas de café engranar las 240 fuentes con las que armaron ese reloj teórico que utilizan para anticipar el futuro. 

Apenas si describen los cálculos rigurosos que han hecho, o las hipótesis que usan para explicar lo que hallaron en los registros vitales, las encuestas a hogares y los censos poblacionales. 

Tomo el micrófono en dos ocasiones. ¡Sacrilegio! Me digo, sintiéndome como un mercader que debe ser expulsado del templo. 

"En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas", pienso, recordando el poema de Walsh.

Veo que en 2050 estaré muerto, entonces "el tiempo para mí no significa nada", concluyo, evocando la canción de Gorillaz. 

Tercer retazo:

Pido un expreso a la mujer que me atiende en el bar del hotel, "¿puede endulzarlo con miel de abeja?" añado. "Que tenga una buena tarde", se despide al recibir el pago. A diferencia de la mujer de la Asamblea, ella es amable y sonríe.

Voy a Ambato, es jueves. Hago dos llamadas al equipo en teletrabajo, uso el “manos libres” mientras conduzco. La primera, desde el lugar donde ocho horas antes las redes dijeron que habían disparado contra un matrimonio. Cuatro balas sicarias: ¿Causa de muerte? ¡Por encargo! 

Entonces me siento mal, no por mí o por el matrimonio emboscado, tampoco por la amable mujer del bar del hotel. Siento pesar por la mujer de la Asamblea. La miro vestida de blanco insípido el miércoles y de verde superficial la noche anterior en la tele. 

Jodida suerte, me digo. Va a necesitar más comas y más acentos de los que puse en los 46 argumentos que planeé presentar en mi negada comparecencia. 

¿Cómo hará para explicar que la pobreza, la violencia y la apatía del Estado que ella representó le quitaron seis años a la esperanza de vida de las niñas que nacen hoy en Esmeraldas, y ocho más a sus hermanos, solo por ser niños? 

"Inútil, pero el futuro se está acercando", pienso, recordando la canción de Gorillaz. "Las cosas no tienen mamá", concluyo, pensando en el poema de Walsh.


Entrada destacada

Resumen de la presentación del libro "Los Guerrero, Genealogía i Bitácora".

Ambato, viernes 22 de febrero de 2019 Teatro del Centro Cultural Eugenia Mera